EL SAQUEO DE CONSTANTINOPLA DE 1204

 

He aquí cómo fue conquistada la gran Constantinopla. El viento impulsó hacia la ciudad la nave provista de pequeñas y grandes escalas que igualaban en altitud las almenas de los muros. Desde las altas escalas los francos arrojaron piedras, flechas y viruta ignescente sobre los griegos y varangos que estaban en la ciudad y valiéndose de las más bajas aterraron sobre Bizancio y así la tomaron. Murzuflo exhortaba a los caudillos y a todos sus hombres a que peleasen con los francos, pero en lugar de obedecerlo, huían. El emperador los siguió y habiéndolos alcanzado en el foro equino, quejóse amargamente de sus príncipes y de toda su gente. Luego abandonó la ciudad y con él fugaron el patriarca y todos los nobles. El lunes 12 de abril, aniversario de San Basilio confesor, habiendo penetrado en la ciudad del universo la totalidad de los francos, acamparon en el lugar que antes había ocupado el emperador de los griegos, junto al santísimo Redemptor, donde también pernoctaron. Con el día, a la salida del sol, invadieron Santa Sofía y utilizando las puertas que habían arrancado, destruyeron el púlpito sacerdotal adornado con plata, y doce columnas argénteas; cuatro celdas, cuyas paredes estaban adornadas con imágenes, fueron arruinadas, y el altar y las doce cruces que estaban sobre él, así como tenebrarios más altos que un hombre y los sostenes del ara asentados en medio de las columnas, todo ello fabricado en plata. Arrebataron también la magnífica mesa engalanada con gemas y grandes perlas; todas las acciones que insensatos cometieron. Luego destrozaron cuarenta cálices que estaban en el altar y candelabros de plata de los cuales había tal cantidad que no podríamos enumerarlos, y vasos argénteos usados por los griegos en los días de festividades magnas. Se llevaron el Evangelio que se empleaba habitualmente en los oficios y sagradas cruces e imágenes singulares y el tapete que estaba bajo la mesa y cuarenta incensarios de oro puro; y fue tanto todo lo que encontraron de oro y plata, excepto vasos inestimables que estaban en los armarios, paredes y nichos, que no podríamos enumerarlos. No digo tales cosas sólo con respecto a la iglesia de Santa Sofía, porque también cometieron depredaciones en la iglesia de Santa María, en Blaquernas, hasta la cual todos los viernes desciende el Espíritu Santo. Ninguno podría mencionar las restantes iglesias por ser innumerables. Dios valiéndose de la piedad de los hombres buenos, conservó la mirífica Hodegitria, es decir, la que guía por la ciudad, y el edificio de Santa María, y confiamos que hayan sido conservados hasta estos días. Saquearon todos los otros edificios y monasterios, tanto dentro como fuera de la ciudad, cuyo número y belleza nos sería imposible describir; despojaron a los monjes, religiosas y presbíteros, matando a algunos de ellos, y expulsaron a los griegos y varangos que permanecieron en la ciudad.

He aquí la nómina de quienes dirigieron a los francos: primero Marquio (Markos) romano, oriundo de la ciudad de Verona, en la cual vivió otrora el cruel Teodorico, el pagano; segundo, el conde de Flandes y tercero el dux ciego de la isla de San Marcos, de los venecianos, privado de la vista por el emperador Manuel. Muchos sapientes rogaron al emperador diciéndole: Si dejas sano a este dux, graves males sobrevendrán sobre tu Imperio. Entonces el emperador ordenó que en lugar de matarlo, lo cegaran con un vidrio. Y aunque no le furon vaciados los ojos, no distinguía nada. Este dux dirigió la gran guerra contra la ciudad, y todos se sometieron a él, ya que fueron sus naves las que se apoderaron de ella. Los francos atacaron Constantinopla desde diciembre hasta abril, mes en que la ciudad fue conquistada. El 9 de mayo los notables eligieron al conde de Flandes emperador latino y se repartieron el poder entre sí: la ciudad para el emperador, el sumo tribunal para el marqués, abundantes diezmos para el dux. Así feneció el imperio de la ciudad de Constantinopla, custodiado por Dios; la tierra de los griegos dejó de estar entre los reinos, y los francos se apoderaron de ella.

 

(En: De Mundo, S.I., "La Cuarta Cruzada según el cronista Novgorodense", en: Anales de Historia Antigua y Medieval, 1950, Buenos Aires, pp. 140 y s.)